Cuando uno vive en un piso alto, a 30 m del nivel de tierra, se adueña del horizonte, de la puesta del sol y del espectáculo de las tormentas eléctricas. Pero nunca dispondrá del silencio. Y, por lógica acústica, las altas paredes de los edificios solo proyectarán los ruidos hacia arriba y tal vez los amplifiquen.
Si el edificio que uno habita está en el microcentro termina acostumbrándose al ruidaje del tránsito durante el día. A la noche, cuando este declina, empiezan bullas y estridencias con suerte eventuales. Puede pintar la nostalgia, como la de los ocasionales mariachis que hacen trinar las trompetas en una parrillada cercana hasta bien tarde. O la algarabía de un exestacionamiento de autos devenido salón de fiestas infantiles, que a veces se tornan adultas cuando se extienden hasta bien entrada la noche. En ese caso, a la música amplificadísima se suma el griterío propio de los juegos (en los que habrá que pagar prenda). Más cercanos, nuevos habitantes de una casa vieja de la vereda de enfrente decidieron que la vida es un carnaval, y un viernes comenzaron a emerger de sus patios los destellos de la pelota de espejos y luces de colores, con el estruendo bolichero al palo. Fantástico ¡que se diviertan! Pero la diversión se puso heavy cuando los fiesteros decidieron celebrar un martes, toda la noche hasta que salga el sol, a más de 100 decibeles. Tipo 7.30, sin haber pegado un ojo, sin mucha fe llamamos al 911. En minutos un agente de la Patrulla urbana golpeaba con ganas la puerta de la casa escandalosa (que no tiene ni timbre). Llegó un auto de la Policía. Bajaron otro agente y un oficial, y lograron ser atendidos. Parece que los notificaron de que su derecho a festejar termina donde empieza el nuestro, a descansar.